Seduciendo al heterosexual ingenuo

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La historia de como yo, Rafael, seduje a mi amigo Eduardo, el heterosexual ingenuo.
Hola. Mi nombre es Rafael. Tengo 18 años de edad. Soy lo que se conoce como un homosexual de clóset, y no está en mis planes salir del armario en el futuro cercano.

Soy una de esas personas que sufren de lo conocido como “amor no correspondido”, esto debido a que por años he “amado” a compañeros míos que son heterosexuales. Siempre he tenido fantasías de estar con ellos, todas incumplidas claro. No obstante, esto cambió al conocer a Eduardo, también de 18.

Eduardo es lo que uno puede describir como el “heterosexual” perfecto, ya que además de guapo tiene un cuerpo de envidia. Es extremadamente masculino, aunque es demasiado ingenuo. Esto último fue lo que me permitió seducirlo aquél día en su casa. Las cosas ocurrieron así.

Habíamos quedado desde la semana pasada que nos juntaríamos en su casa para llevar a cabo nuestro proyecto de ciencias. Él me dijo que el próximo lunes a las 5:00 p.m. se acomodaba para él, ya que sus padres estarían de viaje. Inmediatamente vi la increíble oportunidad que tenía para seducirlo, por lo que acepté. Ese mismo lunes estuve ahí a las cinco exactas. Toqué el timbre y él me abrió la puerta. Traía puesto su uniformo de soccer y estaba sudado, lo que hizo todo el escenario aún más erótico para mí. Me dijo que pasara y subimos a su cuarto.

Lo que pasó después fue como una fantasía hecha realidad. Me dijo que ya que acababa de llegar de un partido de soccer, debía de tomar una ducha. Me pidió que esperara en el escritorio que estaba en su recámara. Yo le dije que no había problema y él se metió a su baño. Pasaron alrededor de 15 minutos y por fin escuche la llave de la ducha apagarse. Había terminado de bañarse.

Salió del baño con una toalla cubriéndole la cintura para abajo. Mi imaginación empezó a dispararse para todos lados; estaba en verdad emocionado. Me dijo que se cambiaría y empezaríamos el proyecto. Yo sabía que tenía que actuar rápido, que esta era una oportunidad única, ya que nunca volvería a tenerlo en esas mismas condiciones. Eduardo se metió a su clóset y dejo la puerta entreabierta. Yo aproveché y lo seguí hasta el interior de su clóset. Él no me notó al principio, pero luego se volteó y me preguntó: “¿Qué haces aquí?” Yo le dije que se sentía extraño estar en una recámara ajena sin que el dueño de dicha recámara estuviera ahí. En ese instante pensé a mi mismo: “¡Pero que idiota eres! ¿Qué tipo de excusa es esa? ¡Seguro sabrá que estás tramando algo!” Sin embargo, como ya había mencionado, Eduardo era extremadamente ingenuo. Él aceptó mi explicación como algo sin importancia, y siguió buscando que ponerse para vestirse. Yo me senté en el suelo, mientras esperaba a que encontrara la ropa que quería ponerse.

Eduardo comenzó a abrir cajones y sacó su ropa interior, y luego descolgó unos jeans para ponérselos. Mi tiempo se acababa, así que me decidí a actuar. Me arrastre hasta donde él estaba parado y le jale la toalla para que se le cayera, descubriendo así sus genitales.
Eduardo volteó a verme al suelo y me preguntó: “¿Qué haces?” Yo le dije que simplemente quería ver como eran sus genitales, simple curiosidad (nuevamente, excusa estúpida pero muy creíble para Eduardo)

La verdad es que Eduardo tenía un pene muy grande. Asumí que erecto le mediría quizá 6.5 pulgadas. También tenía un escroto muy grande y peludo, donde eran perfectamente visibles dos testículos grandes.

Eduardo siguió cambiándose, se puso una camisa blanca que en verdad se le veía muy bien. Luego levantó una pierna para poder ponerse la ropa interior, y fue ahí cuando le detuve la mano. Inmediatamente, con mi otra mano libre, agarre su pene con firmeza. Esta vez Eduardo no se lo tomó como algo normal, y me dijo: “¿Pero qué carajo haces?”

Yo le contesté: “No es nada, simplemente me gustaría verlo erecto”. Inmediatamente me lleve su pene a mi boca, dándole lengüetazos a su flácido glande. Eduardo no reaccionó positivamente, ya que me dijo: “¿Qué demonios estás haciendo? ¡Deja eso ya!” No obstante, yo seguí. Eduardo empezó a hacerse para atrás, como para sacar su pene de mi boca. Pero yo ya lo tenía, y no planeaba dejarlo ir. Comencé a avanzar de rodillas hacia su dirección, con su glande aún en mi boca, y seguí lamiéndolo. Eduardo me dijo: “Rafael, por favor, no creo que debamos de estar haciendo esto” Yo seguía tragándome su verga, lamiéndola, lo cual la hizo crecer. Sentía como se endurecía su miembro en mi boca, y esto me prendió aún más. Eduardo seguía quejándose, pero esta vez era una queja más como de gemidos. Podía notar como lo estaba disfrutando, aunque Eduardo me seguía diciendo que dejara de chuparle la verga. Fue en este instante donde me la trague toda, lo que hizo que Eduardo soltara un gemido de placer total. Lo tenía bajo mis garras.

Yo seguía de rodillas, dándole placer a mi amigo en su clóset. En intervalos me llevaba su escroto a mi boca, y se lo lamía todo, dándole todavía más placer a Eduardo. Su placer era tanto que sus rodillas se rindieron y acabó en el suelo conmigo, con los ojos entreabiertos, disfrutando de mi mamada pero como asqueado al mismo tiempo por el acto. Fue aquí donde volví a tomar ventaja. Aprovechándome de que estaba acostado en el suelo, saque su verga de mi boca por un instante. El hecho de que ya no le estaba dando placer a Eduardo dejo que este último volviera a pensar racionalmente, abriendo de nuevo sus ojos y tratando de levantarse para evitar que yo volviera a llevar su pene a mi boca. Yo fui más rápido sin embargo, y antes de que él pudiera levantarse, yo me baje el short y descendí para clavarme en su verga. Yo, Rafael, estaba montando a mi amigo heterosexual, Eduardo.

Eduardo se dio cuenta de lo que estaba pasando, y por un segundo trató de detenerme, pero rápidamente lo consumió el placer y se dejo llevar. Yo seguía montándolo, sintiendo como su verga me tocaba la próstata. No pasaron ni dos minutos antes de que sintiera como el pene de Eduardo se estremecía, por lo que puse de rodillas de nuevo para recibir su semen directamente en mi rostro. Hubo cuatro disparos en su orgasmo, todos dando directamente con mi cara. Eduardo soltó un último gemido de placer y se desplomó en el suelo. Estuvimos callados como por cinco minutos, los dos reflexionando en lo que acababa de ocurrir. Eduardo se levantó, agarro su ropa y se metió al baño para cambiarse. Yo también me vestí, y regrese a su escritorio. Eduardo salió tres minutos después, y sin verme a la cara, me pidió que me fuera de su casa. Yo pregunte la razón (haciéndome el tonto, claro) y él me contestó que lo que habíamos hecho había estado mal y que no quería volver a verme. No tuve opción; me tuve que ir.

Los meses pasaron y Eduardo jamás me volvió a hablar. Se sentía arrepentido por eso que habíamos hecho. A veces yo también me arrepiento, ya que había sacrificado su amistad por unos cuantos minutos de pasión con él. Tal vez hice mal por lanzármele así, pero ya sabes lo que dice el dicho: “Al momento de tu muerte, no te arrepientes de lo que hiciste, si no de lo que no hiciste”

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