Recuerdo la primera vez que lo vi, el árabe de la playa, con su cabello oscuro y su sonrisa sensual. Me gustaba cómo se movía con confianza, cómo sus ojos brillaban al sol. Me llamaba la atención su barba larga y bien cuidada, y no pude evitar sentir un escalofrío al imaginar mis dedos pasando por su piel. Me gustaba, sí, me gustaba mucho, y no solo por su físico, sino por la seguridad en sí mismo que desprendía. Sentí una atracción inmediata, una conexión que no podía negar. Y allí, en ese momento, supe que estaba listo para explorar lo que ese encuentro podría significar.



