Recuerdo la primera vez que me miró a los ojos el doctor, su sonrisa cálida y suaves manos que me tocaron la piel. Me sentí seguro, entendido. Le conté sobre mis noches solas, la ansiedad que me corroía, la sensación de no estar a gusto en mi propia piel. Me escuchó atentamente, sin juzgarme, sin pedirme explicaciones que no tenía. Y entonces, con una simple pregunta, todo cambió. ¿Quieres ser feliz? Su pregunta me hizo sentir vivo, me hizo sentir que mi felicidad era posible. Con cada palabra que dijo, me sentí más libre, más yo.



