Recuerdo la noche en que nos conocimos, el atractivo de su sonrisa y la forma en que sus ojos se clavaban en mí. Me invitó a su habitación, una cálida habitación llena de música y calor. Me dijo: «Mira lo que tengo tan grande». Me acerqué a él, con la respiración entrecortada. Su miembro erecto se alzaba entre sus piernas, una visión que me dejó sin aliento. Me sentí atraído por su confianza y su deseo, y supe en ese momento que iba a ser una noche inolvidable.



