La sensación de dolor era intensa, un pinchazo en el corazón cada vez que mi pene entraba dentro. Era un dolor dulce, uno que me hacía sentir vivo, conectado con el hombre que estaba a mi lado. Sus ojos se cerraban, su rostro se contraía, y yo sabía que estaba disfrutando del mismo placer que yo. Era un momento de pureza, de conexión total, en el que todo lo demás desaparecía y solo quedábamos nosotros dos, unidos en un instante de pasión y amor.


