Recuerdo la mirada que cruzamos en el gimnasio, un rápido destello de conexión que hizo que mi corazón se acelerara. Él estaba en la máquina de pesas, y yo en la de remo, pero en ese instante, solo existíamos los dos. Su sonrisa se relajó ligeramente, y yo noté la forma en que sus ojos se posaron en mí. Me sentí atraído por la confianza que emanaba de él, por la seguridad en su movimiento. Cuando finalmente se acercó, su aroma a sudor y hierba me envolvió, y no pude evitar sentir un escalofrío. «¿Quieres hacer esto juntos?», me preguntó, su voz baja y suave. Asentí, y en ese



