Recuerdo la noche en la que mi amigo, un hombre atractivo y seguro de sí mismo, me tomó en su mano y comenzó a juguetear con mi polla. La emoción que me invadió fue intensa, un hormigueo en la piel que se extendió por todo mi cuerpo. Su mirada, intensa y llena de deseo, me dejó sin aliento. Con una sonrisa traviesa, me atrapó la mirada y comenzó a bajar la cabeza. La sensación de su lengua en mi polla fue sublime, un torrente de placer que me dejó sin palabras. En ese momento, todo lo demás desapareció y solo quedamos él y yo, conectados en un universo de placer y pasión.



