Recuerdo la noche en que mi novio me miró con ese brillo en los ojos que solo sucede cuando algo va a pasar. Me pidió que lo acariciara, que le mostrara lo que quería. Se rindió a mis dedos, que se deslizaron suavemente por su piel, hacia ese punto sensible que siempre me ha tenido en vela. Un susurro de placer escapó de sus labios mientras me decía que quería sentirme dentro de él, que quería mi pene. La emoción era palpable y me sentí agradecido por ese deseo que nos unía, por la conexión que nos permitía ser vulnerables y abiertos.



