Recuerdo el calor de la noche, el olor a sudor y deseo en el aire. Él me miraba con ojos ardientes mientras sus labios se acercaban a mi sexo, su lengua rozaba mi prepucio lentamente, sin prisa, sin apuro. Un escalofrío recorría mi espalda, mi respiración se aceleraba, sentía su aliento cálido en mi piel. La sensación era íntima, ínfima, como si solo existiéramos nosotros dos en ese momento. Su lengua seguía su camino, explorando, saboreando, dejándome sin aliento.


