Recuerdo el calor que me invadió cuando tres hombres con pollones negros me miraron con deseo. Sin decir una palabra, se acercaron a mí y comenzaron a acariciarme. Sus manos firmes y su mirada intensa me hicieron sentir vulnerable y excitado. Uno de ellos se inclinó hacia mí y me besó la mejilla, mientras que los otros dos se colocaron a cada lado, listos para penetrarme. El ruido de sus respiraciones y el tacto de sus pollones en mi piel me hicieron sentir vivo. Al sentir su calor y su energía, me doblé hacia adelante, listo para recibirlos.



