Recuerdo una noche en Río, en la habitación de un chico que me había conquistado. Él estaba tumbado en la cama, con sus piernas separadas y su culito al aire, invitándome a sumergirme en su cuerpo. Me acerqué a él, sentándome en la cama y rozando su piel con la mía. Sus ojos brillaban con deseo mientras me miraba, y suavemente comenzamos a besar y acariciarnos. La habitación estaba llena de la tensión del momento, y solo había un lugar donde todo esto terminaría: entre sus piernas, rodeando su culo y sumergiéndome en él.



