Recuerdo la noche en que mi pollito mulato se acurrucó a mi lado en el sofá. La luna llena iluminaba su rostro sereno, y su cabello oscuro se escurría por su nuca como un río de noche. Sus ojos se cerraron con un suspiro, y su pecho se elevó con una respiración profunda. Sentí un escalofrío al sentir su mano cerca de la mía, sin tocarla, pero sintiendo su presencia. En ese momento, todo lo demás se desvaneció, y solo quedamos nosotros dos, perdidos en la oscuridad de la noche.






