En la habitación del hotel, la pasión se desató sin control. La piel sudorosa de mis manos se unió a la de él, nuestras respiraciones sincronizadas en el intento de alcanzar el éxtasis. Sus dedos firmes y sabios recorrieron cada centímetro de mi cuerpo, hasta llegar a su objetivo. El chino me miró con ojos intensos, su lengua recorriendo mi garganta mientras sus manos se cerraban alrededor de mi erección. Un grito ahogado escapó de mi boca al sentir su calor y suavidad envolverme. En ese instante, todo lo demás desapareció, solo quedábamos él y yo, sumergidos en el goce y el aban



