La primera vez que alguien me llamó «chupa pollas» fue en una noche de baile. Me miró a los ojos con una sonrisa provocativa y lo dijo con una seguridad que me dejó sin aliento. Me sentí atraído por su confianza, por su libertad de expresar su deseo de mí. La palabra se convirtió en un himno, un reconocimiento de nuestra conexión inmediata. En ese momento, sabía que estaba listo para dejarme llevar por la noche y por la pasión que se estaba gestando entre nosotros.




