La memoria de aquella época de secundaria sigue fresca en mi mente. Mi profesor de matemáticas, un hombre de unos cuarenta años con un bigote bien definido, nos enseñaba las fórmulas de la geometría en una clase repleta de adolescentes. De repente, mientras explicaba la fórmula de la circunferencia, su mirada se desvió hacia mí y nuestros ojos se encontraron por un instante. Su mano se deslizó por su pantalón, como si fuera a ajustarse los calzoncillos, pero se quedó parada, posada sobre la base de su polla, que se notaba claro a través del tejido. Mi corazón comenzó a latir con








