Recuerdo la primera vez que noté la respuesta de mi cuerpo, cuando me miraba al espejo después de un baño caliente. Mi gran pene de 25 centímetros largo y grueso parecía un monumento a la pasión, un símbolo de lo que me hacía sentir vivo. Me acariciaba suavemente, sintiendo el calor y la textura, y de repente estaba rodeado de una opresiva sensación de deseo. La noche era oscura y callada, pero mi cuerpo parecía tener una vida propia, lista para responder a cualquier llamada.



