Recuerdo la primera vez que lo vi, mi jefe de pie en la oficina, sin saber que estaba a punto de desatar una obsesión que me perseguiría por semanas. Su pene grueso y largo parecía un mástil orgulloso, firme y seguro de sí mismo. Fue como si todo el mundo se hubiera detenido en ese momento, y solo quedáramos él y yo, conectados por una corriente eléctrica que me hizo sentir vivo. La ropa no parecía importar, solo la realidad de su tamaño y mi reacción a ella.



