Recuerdo aquel verano caluroso cuando mi vecino, un hombre de unos cincuenta años con un cuerpo atlético, me miraba fijamente desde su jardín. Un día, mientras yo me lavaba en la ducha, noté que me estaba observando de cerca. No parecía sorprendido, sino más bien… atraído. Me giré hacia él y, con una sonrisa, le hice un gesto de asentimiento. Sin decir una palabra, se acercó a la puerta de mi casa y me «petó el culo» con un toque suave pero firme. Fue un gesto breve, pero intenso. No me sentí ofendido, sino más bien… agradecido.



