Una buena corrida en la cara es cuando el otro hombre te abraza con fuerza, su cuerpo apretado contra el tuyo, y su aliento caliente en el cuello. Es la sensación de ser despojado de la dignidad, de ser reducido a una simple reacción animal. Su lengua juega con la mía, y sus manos buscan el espacio entre mis piernas. La pasión es ciega y primitiva, una fuerza que no conoce límites ni miedos. Es el momento en que todo lo demás desaparece, y solo queda la necesidad de sentir, de tocar, de estar conectado con el otro.




