Me acuerdo de aquella noche en la que me entregué sin reservas, mi cuerpo se fundió con el de él, las manos que lo sujetaban me dijeron que estaba en el lugar correcto, su calor y su olor me arrastraron hacia un abismo de pasión y placer, y en ese momento, en el sofá, fue como si mi alma se hubiera liberado, el mundo se desvaneció y solo quedamos los dos, unidos en una danza de carne y deseo, sin frenos ni inhibiciones, solo la intensidad de nuestro encuentro.



