En la oscura habitación, el viejo se encontraba sumido en una soledad que lo consumía por dentro. Su mirada, una mezcla de deseo y añoranza, se posó en el joven negro que se acercaba con paso suave. La excitación se reflejaba en sus ojos, brillantes como estrellas en una noche sin luna. La mano temblorosa del viejo buscaba aferrarse a la del joven, como un marinero a un salvavidas. «Quiero sentirte», susurró, su voz un susurro que apenas se escuchaba. El joven sonrió, y con un movimiento suave, se dejó caer sobre la cama, ofreciéndose sin condiciones. El viejo lo miró, y con una sonr



