La brisa nocturna soplaba suavemente, transportando el aroma a jazmín de su jardín hacia la ventana abierta de mi dormitorio. Mi vecino, un hombre atractivo con ojos oscuros, se encontraba de pie en el pasillo, mirándome con una sonrisa sensual. Se acercó a mí, su respiración acelerada, y me susurró al oído: «Quiero que me mames el pene». Su voz era un susurro seductor, que hizo que mi corazón latiera más rápido. Me miró a los ojos, con una mirada intensa, y me invadió una sensación de deseo que no podía ignorar.



