Le dije que se pasara por mi casa, y pude sentir la anticipación en su voz. Me dijo que llegaría al atardecer, que quería verme desnudo y explorar cada rincón de mi cuerpo. Mientras esperaba, mi mente se llenaba de imágenes de sus manos sobre mí, de sus labios en mi piel. La espera era una tortura dulce, una promesa de placer que se acercaba con lentitud. Cuando sonó la puerta, mi corazón se aceleró. Era el momento de dejar que la pasión nos llevara lejos.



