Estamos sentados en el sofá, mirándonos a los ojos. Su mano busca la mía y la entrelaza con la mía, un gesto que nunca he visto antes en él. Me siento un escalofrío recorrer mi espalda. Su voz suave y temblorosa me pide que lo guíe, que le enseñe a disfrutar del sexo. Mi corazón late con fuerza mientras pienso en la responsabilidad que me pide, en el poder que me otorga. Sé que esto es un paso importante, un salto hacia la madurez sexual. Y yo estoy allí para acompañarlo en ese viaje.



