La mirada del viejo me hace temblar, sus ojos grises como la piedra, su sonrisa un guiño que promete mucho. Me siento pequeño y vulnerable bajo su atención, pero en ese momento, me siento vivo. Su mano se posa sobre mi muslo, una caricia firme que me hace sentir como si fuera el único hombre del mundo. Sumiso me jode bien el viejo, y en este instante, me doy cuenta de que es exactamente lo que necesito.



